MI PAPÁ TAMBIÉN ESCRIBE TERROR

Halloween, día de las brujas, día de los muertos, como sea que lo llamen, pasó hace poco y quiero aprovechar para compartirles un cuento de terror que mi papá escribió: ¡Disfrútenlo!

CUENTO “DESCANSE EN PAZ”

El turno nocturno del vigilante Rogelio Escobar Domínguez, transcurre normalmente en la garita de entrada a la edificación de la Corporación universitaria Momento de Dios, en la sede de la ciudad de Guadalajara de Buga, acompañado de su inseparable amigo, un radio marca Sanyo, escuchando la transmisión del programa “amigos de la noche” que emite una reconocida cadena radial nacional.

El Guarda de seguridad Escobar Domínguez, un curtido ex militar combatiente de mil batallas, había sido asignado por su empresa a la custodia del alma mater el día anterior, era su primer día de trabajo; El reloj de pared colgado cerca de su cabeza marcaba las dos y treinta de la madrugada.

La edificación se encuentra en las afueras de la ciudad, envuelta entre tramos oscuros y  sonidos  perturbadores como el maullido desgarrador de gatas en celo;  las siluetas resplandecientes de las inmóviles lechuzas, de las cuales sus ojos grandes e intimidantes espeluznaban a cualquier ser humano,  ni decir de aquellos escalofriantes ruidos producto de la  espesa  y húmeda  vegetación que rodea la reciente construcción,  aunque en ella contrastaban vestigios de arquitectura antigua con soportes de vieja madera que producía chillidos  típicos de los sonidos del silencio; invadía su cuerpo una sensación espantosa que de manera inexplicable perturbaba la tranquilidad cuando llegaba la noche y sentía minuto a minuto su acelerado corazón y su mente intranquila estremecer su cuerpo, sus afanosos y devorantes nervios alocaban su cordura y sensatez.

De pronto fue sorprendido por un sonido mortuorio y fantasmal que de inmediato lo puso de pie, provenía de la parte interna de la edificación, donde se encuentra el auditorio, era un coro a varias voces como el que se entona en la celebración de la santa misa, mezclado con llanto de varias personas y las palabras de un sacerdote cuando dentro de la ceremonia invocaba la oración de despedida a un difunto “polvo eres y en polvo te convertirás” sintió que el cabello se ponía de punta, tal como si lo halara una fuerza extraña proveniente del más allá, haciendo gala de su valentía cerró con llave la portería y se dirigió al salón, a lo lejos y a través de una pequeña ventana divisó el ritual religioso con todos sus componentes, el cura, un hombre de unos 80 años de edad, estatura aproximada de 1.80 metros, de contextura mediana y su cabello totalmente blanco, vigoroso para su edad, vestía una túnica colorida, propia de la indumentaria de los clérigos de esta congregación para dichos  actos, el recinto adornado por muchas flores, cerca al púlpito la caja fúnebre y algo así como cincuenta personas rezaban el rosario a los muertos, siendo él, católico, apostólico y romano, se dio la bendición y respondió acompañando el coro  del réquiem “dadle señor el descanso eterno –  brille para él la luz perpetua – Descanse en paz – amén”.

Regresó a su sitio de trabajo, sin embargo, le inquietaba el suceso, al recibir turno no fue enterado; como suele hacerse en este oficio.  A las 6 de la mañana fue relevado en su turno, indicó a su sucesor sobre los hechos indicándole que en aquel recinto se desarrollaba un velorio, se marchó, no sin antes dejar registros por escrito en su bitácora.

Recibió su segundo turno nocturno a las seis de la tarde, acompañado de sus elementos tradicionales, un termo con café espeso que le ayudaba a espantar el sueño, el radio Sanyo, una linterna y una pequeña ruana, hacia las 9:15 hizo su primera ronda, verificando que todo estuviera en orden, puertas cerradas en aulas y oficinas y constató además que era la única persona dentro de la escuela.

Transcurrían lentas las horas de este interminable turno, escuchaba la radio a media concentración por que robaba su atención la preocupación que le ocasionaba el pago del arriendo de la habitación en una casa de inquilinato donde convivía con su joven esposa y su primogénito hijo de apenas meses de nacido, pues faltaban aún tres días para recibir su salario; de repente, sin anunciarse ni dejar rastro de su procedencia, se presentó a la puerta peatonal el cura que la noche anterior oficiaba la misa al difunto, sin detenerse, ni mediar palabra alguna, saludó con la mirada y prosiguió su camino hacia el interior de la edificación; Rogelio lo siguió con la mirada hasta que su imagen se perdió por entre los pasillos, no atinó a decir una palabra al clérigo porque estaba casi congelado su cuerpo por un frío extraño y profundo que le penetró hasta los mismos huesos, fue una sensación igual a la de la noche anterior, pero el dedujo que seguramente vivía dentro de la universidad, en razón a que debería pertenecer a la congregación de los padres Eudistas.

A las seis de la mañana entregó turno, enterando al vigilante entrante del ingreso del padre el día anterior, ante lo cual este le respondió que en la universidad no habitaba ninguna persona.

Ese mismo día Rogelio se presentó a las tres de la tarde en la oficina de la rectoría, atendiendo una citación de su supervisor (quien había sido enterado por el sucesor de Escobar en  los turnos), para que narrara los por menores de sus encuentros nocturnos, en la antesala de la oficina y mientras se autorizaba su ingreso al despacho por parte de la secretaria, observó  en la pared varios cuadros con retratos de personas como fundadores, directivos, ejecutivos y docentes del campus, llamó especialmente su atención que en una de estas fotografías se encontraba el padre que había visto las dos noches anteriores, con una leyenda en la parte inferior que decía “Padre Azael Buendía Pedreros”.

Una vez ingresó a la oficina observó a varias personas, entre ellos el rector de la universidad padre Hernando Fernández, el supervisor de la empresa de seguridad de nombre Ramón Guacaneme y Alfredo Serna Espina, docente y a su vez coordinador de seguridad de la facultad; Rogelio, nervioso por temor a perder su empleo, suponiendo que la primera noche se había dormido mientras se celebraba la eucaristía, narró los dos acontecimientos, sus interlocutores quedaron perplejos, pero el profesor Alfredo un hombre audaz y avezado en tareas de seguridad le preguntó cómo podía demostrar la veracidad de su narración, el celador con la ingenuidad propia de quien hasta ese momento desconocía la complejidad del asunto, solo atinó en decir que citaran al padre cuya foto se encontraba en el muro de la oficina de la asistente, pues era a quien había visto esas dos noches y salió corriendo a señalarla, fue tal su desconcierto y confusión que perdió el sentido, cuando el rector le indicó que el padre   Azael Buendía Pedreros  había muerto el 22 de noviembre de 1993 en Bogotá.

Ante el hallazgo, el grupo interdisciplinario del paraninfo decidió contratar los servicios de una agencia especializada en detectar actividades paranormales mediante modernos dispositivos electrónicos; entre tanto el intrépido y osado Alfredo hacía sus propias investigaciones, donde logró establecer que en esos terrenos funcionó alrededor del siglo XVI un seminario de la congregación de los padres Eudistas, lleva este nombre en memoria de su fundador  san Juan Eudes, la instalación de este centro espiritual se dio como consecuencia de la dispersión de sus sacerdotes durante la revolución francesa, y para mayor asombro escudriñando entre históricos archivos encontró un plano donde se evidenciaba que donde hoy funciona el auditorio, se ubicaba el cementerio de la comunidad.

Los expertos dictaminaron que efectivamente las pruebas realizadas indicaban señales de vida de ultratumba en los recintos del otrora claustro. Se hizo necesario entonces traer desde la mismísima santa sede a un padre, miembro de la asociación internacional de exorcistas para brindar atención espiritual y pastoral a la comunidad universitaria.

El auditorio fue demolido y el terreno declarado campo santo, allí se aprecia hoy el mausoleo católico de la comunidad Eudista de esta provincia.

Hay quienes afirman que en el silencio y oscuridad de las noches se vislumbra la silueta del padre Buendía Pedreros caminando por los pasillos, llevando en su mano derecha una biblia.

A Rogelio su empresa lo asignó a otro lugar de trabajo.  Le teme a la llegada de la noche, no quiere dormir, pero cuando el sueño termina por vencer su resistencia y puntualmente el reloj marca las 2 y 30 de la madrugada, retumba en sus oídos aquel coro del cortejo fúnebre y nuevamente lo invade el terror, una fuerza extraña le impide abrir los ojos y gritar.

Hoy recibe atención siquiátrica y permanece medicado; se le prescribió la reclusión en una clínica de reposo para enfermos mentales donde seguramente pasará el resto de sus días, porque pareciera que esta pesadilla lo acompañará eternamente. [Aquí otra historia escrita por Don Abelardo, el pana: Una historia escrita por mi papá].

 Por: Abelardo Ardila

 

 

 

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8 thoughts on “MI PAPÁ TAMBIÉN ESCRIBE TERROR”

  1. Aparte de ser un excelente ser humano y amigo ahora nos da muestras de sus capacidades como escritor. En nuestro pasado entrenamiento como suboficiales de la policía ocurrieron varios casos que podrían ser material para una buena historia mi amigo y una de ellas podría ser de aquel aspirante que fue cruelmente obligado a cargar un morral lleno de ladrillos como castigo no se por cual falta cometida y que a la postre no soporto la humillación y fue al alojamiento por su arma de dotación fue al casino de oficiales y asesinó a su verdugo para correr posteriormente a las marraneras ocultarse ser descubierto y asesinado a sangre fría por los demás oficiales sin tener derecho a juicio alguno.

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